En el MetLife Stadium de Nueva York, cuando termine la final del Mundial, cada trozo de césped acabará sellado en una vitrina de acrílico, con la fecha y el resultado del partido grabados. Se venderá online, entre 450 y 3.000 dólares según la reserva. Ingresos previstos: más de 11 millones. Es un detalle pequeño, casi cómico. Pero dice mucho sobre la lógica que gobierna la Fifa de Gianni Infantino. Todo puede convertirse en mercancía, si hay suficiente demanda, o si esa demanda puede fabricarse.
La expansión como estrategia de voto
Desde que es presidente, Infantino solo se mueve en una dirección: más grande. El Mundial pasó de 32 a 48 selecciones este año. Ya se habla de llegar a 64, y tan pronto como en 2030. La justificación oficial es siempre la misma:
cada país merece la oportunidad de soñar. Una frase bonita. Detrás hay un cálculo mucho más concreto. Cada federación participante recibe un pago mínimo, sin importar el resultado en el campo. Este año esa cifra es de 12,5 millones de dólares por selección, con un total distribuido de 871 millones. Para una federación pequeña, esa suma cubre un presupuesto anual entero.
«Fifa money is your money.»
Eso dijo Infantino en el discurso que lo hizo elegir presidente, en 2016. Ha seguido siendo el verdadero programa político de estos diez años. El congreso de la Fifa funciona bajo el principio un país, un voto. Las federaciones pequeñas pesan lo mismo que Italia, Francia o Alemania. Más selecciones significa más federaciones que cobran. Más dinero significa más votos asegurados y ganados. Ampliar el torneo no es solo generosidad, también es una herramienta bastante eficaz para mantener el consenso.
El precio de mirar
Mientras las federaciones cobran, el público paga más. Las entradas de esta edición llegaron a los 1.200 dólares, bajo un sistema de precios dinámicos que se ajusta a la demanda en tiempo real. En el mercado oficial de reventa, vendedores y compradores pagan una comisión de alrededor del 15 por ciento. Incluso el tiempo de juego se ha reorganizado en torno a los patrocinadores. Las pausas de hidratación, tres minutos a mitad de cada parte, se convirtieron en un espacio publicitario de primera, y bastante criticado. Para la final se habla de alargar la pausa habitual de 15 minutos hasta unos 25, al estilo Super Bowl. En el campo, esta primera edición con 48 selecciones no convenció a todos. Las grandes sorpresas, esas que en el pasado nos dieron historias como Marruecos 2022 o Croacia 2018, aquí no aparecieron. Ciento setenta y seis mil entradas quedaron sin vender. La atención a la afición, al espectáculo, al fútbol como deporte, todo eso quedó relegado, sacrificado en el altar de la economía y el poder. Nada de esto es nuevo, nada que Infantino haya inventado desde cero. El fútbol forma parte del mundo, y el mundo funciona así. Este Mundial simplemente lo hizo más visible de lo habitual.
Gianni y Donald
Hay otro registro aquí, un poco menos económico y más personal. En diciembre, Infantino entregó a Donald Trump el Premio Fifa por la Paz, un galardón creado apenas unos meses antes, sin criterios públicos sobre cómo se otorga. Durante este Mundial, la suspensión al jugador estadounidense Folarin Balogun quedó de hecho anulada en circunstancias muy turbias, incluido un contacto entre Infantino y Trump, sentando un precedente casi sin parangón. La Uefa respondió con un comunicado contundente. Cincuenta miembros del Parlamento Europeo pidieron la intervención del comité de ética de la Fifa. Los lazos entre el fútbol y la política, o entre Infantino y Trump, vienen generando bastante polémica en los últimos años.
Lo que queda del juego
Gianni Infantino ya ha anunciado su candidatura a la reelección en 2027. Trabaja en un segundo Mundial de Clubes en Estados Unidos, previsto para 2029. Mientras tanto, la Fifa evalúa si ampliar aún más, hasta 64 selecciones, el torneo de 2030. Cada nueva expansión trae la misma promesa: más países, más oportunidades, más sueños colectivos. Pero cuanto más crece el número de selecciones, más crece también la distancia entre quienes dirigen el fútbol y quienes lo juegan, o lo miran, entrada en mano. Queda por ver si este modelo, hecho de césped vendido por metro cuadrado y premios de la paz repartidos como regalos, sigue siendo realmente una cuestión deportiva. O si el balón no es ya más que un pretexto para otra cosa.