Alan Grant se quita las gafas de sol, levanta la vista y, por un instante, el tiempo se detiene. Frente a él, un braquiosaurio mastica las hojas de un árbol como si los dinosaurios nunca hubieran desaparecido. Esa expresión suspendida entre el asombro y la incredulidad sigue siendo la imagen más icónica de la carrera de Sam Neill. También es la primera que viene a la mente ahora que el actor neozelandés nos ha dejado a los 78 años.
Alan Grant, el paleontólogo que nos enseñó a maravillarnos
Alan Grant no es un héroe de acción. Es un científico escéptico, un hombre que no soporta a los niños hasta que aprende a quererlos, un paleontólogo convencido de que la ciencia debe detenerse antes de convertirse en arrogancia. Steven Spielberg lo eligió para Jurassic Park en 1993, y desde entonces el rostro de Neill quedó asociado a un asombro contenido, a la racionalidad enfrentada a lo imposible. Volvió a interpretar al personaje en 2001 y nuevamente en 2022. Tres décadas de una misma historia narradas a través del mismo rostro, que envejecía junto con el público.
Un androide en casa para cambiar completamente de registro
Quien piense que Sam Neill fue únicamente un actor de grandes producciones olvida El hombre bicentenario. En la adaptación de 1999 del relato de Isaac Asimov, interpreta a Richard Martin, el padre de familia que recibe en su hogar a un robot doméstico destinado a convertirse en humano a lo largo de dos siglos. Es un papel menor que el de Robin Williams, pero posee un enorme peso emocional. Es Martin quien ofrece a Andrew su primer gesto de afecto, su primera confianza, la primera razón para querer ser algo más que una máquina. Neill interpreta al hombre que abre las puertas de su casa a lo imposible sin miedo, haciendo que tanto Andrew como los espectadores se sientan en casa.
Peaky Blinders y una nueva generación de espectadores
Casi veinte años después de Jurassic Park llegó otro giro decisivo. En 2013 se incorporó a Peaky Blinders como el inspector Chester Campbell, el gran enemigo de Thomas Shelby durante las dos primeras temporadas. Un personaje despiadado, obsesionado con una idea deformada de la justicia, en las antípodas del amable paleontólogo que el público recordaba. Y, sin embargo, funciona precisamente porque Neill nunca dejó de resultar convincente en los papeles más diversos: científico, espía, empresario, sacerdote o villano. Una nueva generación, que quizá nunca vio Jurassic Park en el cine, lo descubrió en las plataformas de streaming con acento escocés y una mirada helada. Destacar en una serie llena de personalidades tan desbordantes como Peaky Blinders no era nada fácil. Sam Neill lo consiguió dando vida a uno de los villanos más sólidos e inolvidables de la serie.
El arte de parecer alguien de la familia
La verdadera pregunta es por qué, con una carrera tan extensa, gran parte del público recuerda a Sam Neill no tanto como un actor versátil sino como un rostro cercano. Quizá porque en cada personaje permanecía algo inconfundiblemente suyo. Una calma serena, una ironía contenida, la sensación de que observaba la escena al mismo tiempo que la interpretaba. Esa mirada era capaz de volver familiar cualquier cosa, ya fuera un dinosaurio, un robot o un inspector convencido de estar del lado correcto. ¿Qué quedará dentro de treinta años de un actor que consiguió hacer cotidiano lo extraordinario? Tal vez precisamente eso: la rara capacidad de hacer que quien mira se sienta en casa, sin importar el género, la época o el personaje.