David Hockney, o sobre mirar

Murió a los 88 años. Pelo platino, gafas redondas, cigarrillo en mano. Había pintado más piscinas que nadie y creía que el mundo era hermoso, si uno se molestaba en verlo.

13 de junio de 2026 · 4 min

david hockney

Murió el jueves. Unas pocas líneas en los sitios de noticias, luego el diluvio habitual.

En los días que siguen a la muerte de un artista famoso, la conversación se comprime. Se citan las obras más conocidas, se recuerdan los récords de subasta, se despliegan adjetivos como "revolucionario" e "icónico". Hockney habría detestado ambos. Durante ochenta años dijo una sola cosa: mirar es un oficio. No un talento. Un oficio.

Bradford, luego todo lo demás

Nacido en 1937 en una ciudad industrial de Yorkshire, cuarto de cinco hijos, Hockney ya sabía a los once años lo que quería hacer. Dibujaba de nueve de la mañana a nueve de la noche. Bradford era gris, recordaba. Sin sombras, sin color. Eso también fue parte de lo que lo hizo marcharse.

En el Royal College of Art de Londres se negó a escribir su tesis final. Un artista, argumentaba, debe ser juzgado solo por su obra. La institución cambió sus normas. Se graduó con las máximas calificaciones.

Su primer viaje a Nueva York lo devolvió distinto. Luego llegó California. En 1964, a los veintinueve años, aterrizó en Los Ángeles sin carné de conducir. Tomó clases en la camioneta de un amigo, aprobó el examen por los pelos. Empezó a conducir. Empezó a mirar.

La piscina no es una piscina

A lo largo de su carrera pintó unas veinte. No por nostalgia del lujo californiano, no por esteticismo. Había un problema técnico que lo obsesionaba: cómo se pinta el agua transparente. El agua no tiene color propio. Captura la luz de lo que la rodea y la transforma. Hockney quería entender cómo hacerlo en un lienzo plano.

A Bigger Splash, de 1967, es la respuesta más conocida. Alguien acaba de tirarse. El cuerpo ya está debajo. Solo queda el salpicón blanco contra el azul plano. La figura ha desaparecido, el gesto sigue ahí. Se convirtió en uno de los cuadros más reproducidos del siglo veinte, en pósters y tazas y portadas de libros, y aparece en BoJack Horseman. La popularidad no lo hizo menos preciso. Dice algo sobre el tiempo que casi ninguna otra pintura logra decir.

Portrait of an Artist (Pool with Two Figures), de 1972, fue pintado en el período que siguió a su ruptura con su compañero Peter Schlesinger. Dos figuras en el mismo espacio. Uno nada, el otro observa vestido. No se tocan, no se hablan. En 2018 Christie's vendió ese cuadro por 90,3 millones de dólares, récord mundial para un artista vivo en ese momento. Hockney no parecía especialmente impresionado.

Cada nueva herramienta era una pregunta

Fotocopiadoras, Polaroids, faxes, ordenadores. Cuando llegó el iPhone, Hockney ya tenía más de setenta años y vivía en Yorkshire. Empezó a dibujar desde la cama a primera hora de la mañana, mirando por la ventana. Luego llegó el iPad. Lo tomó tan en serio como había tomado cualquier otro medio. Usarlo, decía, le permitía captar los rápidos cambios de luz que la pintura tradicional perdía.

«Turner lo habría adorado.»

En 2020, confinado en su granja de Normandía, pintó los manzanos en flor y mandó los dibujos a sus amigos. Escribió: do remember they can't cancel the spring. La Fondation Louis Vuitton puso esa frase en neón en su fachada para la retrospectiva de 2025. Más de cuatrocientas obras, de 1955 a 2025. Hockney había seguido pintando hasta sus últimos meses, en silla de ruedas.

La fama y su paradoja

Hay algo extraño en su popularidad. Las piscinas californianas se convirtieron en objetos visuales autónomos, reconocibles incluso para quien no sabe quién las pintó. Sin embargo, Hockney siempre rechazó las etiquetas. No era pop art, aunque empezara desde ahí. No era realismo, aunque pintara lo que veía. No era abstracción, aunque sostuviera que toda pintura figurativa es abstracta en el momento en que toca una superficie plana.

El historiador Simon Schama escribió que la duración de su obra no es un misterio: siempre presupone una expectativa de placer. No era arte que quisiera perturbar. Quería hacer mirar.

La paradoja es que en setenta años nunca dejó de hacerlo él mismo.

«El mundo es muy hermoso, si lo miras. Pero la mayoría de la gente no mira mucho, ¿verdad? Escudriñan el suelo frente a ellos para caminar, pero no miran las cosas con verdadera intensidad. Yo sí.»

Lo dijo en 2019, en el Louisiana Museum of Modern Art en Dinamarca. Tenía ochenta y dos años. En la Serpentine Gallery de Londres, este año, había diez obras nuevas, realizadas en 2025. Retratos de amigos, familiares, cuidadores. Mesas con manteles de cuadros. Sin piscinas.

Seguía mirando.